Esta web utiliza cookies propias y de terceros. Al continuar con la navegación aceptas el uso que hacemos de ellas. Si lo deseas puedes modificar tus preferencias en el navegador.

20 Vistas

05/08/2015

Río+20: razones para la esperanza

La reciente Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río+20) ha concluido envuelta en un cierto sentimiento de relativa decepción.

La reciente Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río+20) ha concluido envuelta en un cierto sentimiento de relativa decepción. Quizá las expectativas iniciales eran demasiado elevadas; o, quizá la propia dimensión de un evento que se presenta como “Cumbre de la Tierra” y que congrega a más jefes de Estado y de Gobierno que ninguna otra reunión global (amén de numerosas empresas y organizaciones de diverso signo), invita a esperar logros excepcionales, lo que provoca una lógica insatisfacción cuando éstos no se alcanzan.Río de Janeiro

Desde ACCIONA, hemos seguido muy de cerca la cumbre y hemos participado directamente en diversos foros, y creemos no pecar de un optimismo excesivo si afirmamos que Río+20 arroja resultados positivos que si no son, en efecto, todo lo ambiciosos que muchos esperábamos, permiten sin embargo constatar que, veinte años después de la histórica cita de Río en 1992, la humanidad continúa avanzando decididamente hacia un modelo de desarrollo sostenible que compagina el crecimiento económico, el progreso social y el equilibrio medioambiental.

1. Veinte años sí es mucho. A diferencia del famoso tango, es evidente que, en veinte años, hemos avanzado mucho en la toma de conciencia universal del desarrollo sostenible futuro. Entre el lema “Medio Ambiente y Desarrollo” que articuló Río-92 y el de “Desarrollo Sostenible” que ha presidido Río+20 no se ha producido sólo un mero cambio terminológico, sino que se puede constatar una mayor amplitud de la perspectiva desde la que se concibe un modelo de desarrollo equilibrado que abarca muy diversos aspectos de la vida, desde los derechos humanos, al acceso universal al agua o la energía, la biodiversidad, el cambio climático o la erradicación de la pobreza a través de la economía verde. Las conclusiones de Río-92 incluían 27 artículos; el documento “El mundo que queremos” aprobado en Río+20 cuenta con 283, y reflejan una preocupación que, por lo demás, ha crecido en intensidad, desde una posición que podía considerarse marginal, hasta situarse en primera línea de la agenda internacional.

2. Del romanticismo al pragmatismo. Las dos décadas transcurridas entre ambas Cumbres de la Tierra nos han permitido también comprobar las enormes dificultades que conlleva trasladar a la realidad ese amable caudal de romanticismo bienintencionado que impregnó el movimiento en sus momentos iniciales. Cuando el reto que se plantea es ni más ni menos que preservar el planeta para las generaciones venideras, es comprensible que la dura realidad haya disipado la ingenuidad de los planteamientos originales. Hoy sabemos que el desarrollo sostenible no se promueve desde el romanticismo, sino con unas elevadas dosis de pragmatismo. Nuestros ritmos —los de la política, la empresa o la sociedad— no coinciden necesariamente con los del planeta. Por ello, es preciso y urgente combinar los objetivos de corto plazo con una visión a medio y largo plazo que nos permita actuar, no sólo en función de los resultados empresariales o electorales inmediatos, sino atendiendo también las necesidades del próximo futuro. Por cruda que sea, esta es una lección de Río+20 que debemos aprovechar para continuar el proceso en años venideros.

3. Hablar no siempre es perder el tiempo. La falta de compromisos vinculantes es el principal reproche que se achaque a Río+20, y no sin razón. Hay quien se ha molestado en recontar y comparar las veces que aparecen en el documento final de 53 páginas las expresiones “we encourage” (animamos) -50-y we will (haremos) -5-.

La verdad es que, por mencionar uno de los temas más controvertidos de la cumbre, descorazona comprobar que, mientras la Agencia Internacional de la Energía insiste una y otra vez en la necesidad de suprimir los subsidios a los combustibles fósiles para frenar el cambio climático, el documento final de Río+20 se ha limitado a una simple manifestación de voluntad al reafirmar los compromisos asumidos en tal sentido por algunos países e invitar a otros a hacer lo propio. Unos subsidios, por cierto, que alcanzaron la cifra de 409.000 millones de dólares en 2010, seis veces más que los incentivos canalizados para impulsar las energías renovables.

Por esta razón, hemos podido leer en la prensa titulares que calificaban a la cumbre de “mentidero” (“talking shop) (REM) y al documento final como 283 párrafos de “filfa” (“bluff”) (The Guardian). Pero, hemos de entender que las cumbres internacionales tienen mucho de diplomacia, de compleja orfebrería para encajar opiniones diversas en aras de un consenso final, por inconcreto que este pueda parecer. Y, no por ello son inútiles. Ciertamente, hubiera sido mejor que Río+20 concluyera con una serie de compromisos obligatorios. Pero, mantener el diálogo internacional sobre estos problemas al más alto nivel no es en ningún caso una pérdida de tiempo; las ideas aquí expresadas pueden servir de guía y fundamento para posteriores acciones, quizá menos ambiciosas pero más prácticas, a otros niveles de decisión: estatal, regional o local.

4. Hay vida más allá de los políticos. Es cierto que entre los 88 primeros ministros o jefes de Estado presentes en Río no se encontraban Barak Obama, Angela Merkel o David Cameron, y que el nivel de la representatividad política de la cumbre parece haberse resentido por ello. En contrapartida, pudo comprobarse en Río una pujante y notoria presencia del mundo empresarial y de la sociedad civil, que resulta ilusionante y prometedora. Si bien el consenso político global es muy importante —y, lamentablemente, parece que tomará su tiempo alcanzarlo—, también lo es comprobar que la sostenibilidad es capaz de concitar en su favor un ingente capital humano y económico, una energía muy poderosa que debemos aprovechar para buscar fórmulas reales de cooperación entre los distintos agentes e instar a una concertación política más efectiva.

5. No olvidar la letra pequeña. En ausencia de grandes compromisos políticos, Río+20 ha propiciado algunos logros, compromisos y acuerdos de segundo nivel que no deben despreciarse. Por citar solo un ejemplo, son destacables los importantes avances conseguidos para incorporar la sostenibilidad al “reporting” empresarial. Así, el viceprimer ministro británico , Nick Clegg, anunció que su país exigirá a las compañías cotizadas en la Bolsa de Londres que reporten no solo sobre sus estados financieros, sino también sobre indicadores sociales y ambientales, algo que en ACCIONA venimos haciendo a través de nuestra triple cuenta de resultados: económico-financiera, social y medioambiental. Se trata de medidas en la línea de incrementar la transparencia empresarial, de forma que una compañía pueda ser evaluada de forma más completa, aflorando las externalidades asociadas a su actividad por sus efectos sobre su entorno social y ambiental.

En definitiva, superada la inicial decepción de Río+20, es preciso que todos, gobiernos, empresas y organizaciones sociales, tomemos nota de las lecciones derivadas de la cumbre y nos esforcemos en lograr que la urgencia por solucionar lo inmediato, por grave que sea, no nos impida afrontar la tarea esencial de asegurar un futuro sostenible para todos. Río + 40 tendrá la palabra.

Artículos relacionados:

Newsletter

¿Te gustaría recibir los mejores contenidos sobre sostenibilidad en tu correo?

Comparte este artículo
¿Qué te ha parecido?
Comparte este artículo
Invitado
250 caracteres max.