En la región, más de 166 millones de personas carecen de acceso a agua gestionada de forma segura, según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), en una zona que paradójicamente alberga casi un tercio del agua dulce del planeta. La combinación de crisis climática, crecimiento urbano y aumento de la demanda está tensionando los sistemas de suministro de agua en toda la región. Y las proyecciones apuntan a que el problema de la escasez de agua para consumo humano en la región se agravará en las próximas décadas.
¿Qué voy a leer en este artículo?
Desde el aire, las ciudades del norte de Chile parecen improbables. Antofagasta, Mejillones, Tocopilla y Calama se extienden entre el océano Pacífico y el desierto de Atacama, uno de los lugares más áridos del mundo. La lluvia aquí es tan escasa que la disponibilidad de agua ha condicionado históricamente el crecimiento urbano, la minería y la vida cotidiana de sus habitantes.
Durante décadas estas ciudades dependieron de acuíferos y ríos altoandinos que transportaban el agua a cientos de kilómetros de distancia. Pero el aumento de la demanda, la presión de la industria minera y la prolongada sequía que afecta a Chile obligaron a buscar nuevas alternativas. La respuesta llegó desde el mar.
Antofagasta se ha convertido en uno de los ejemplos más avanzados de desalación para consumo humano en América Latina.
Antofagasta se ha convertido en uno de los ejemplos más avanzados de desalación para consumo humano en América Latina. En 2025, junto con la vecina ciudad de Mejillones, pasó a abastecerse completamente con agua desalinizada, convirtiéndose en la primera gran área urbana de la región en cubrir el 100% de su demanda de agua potable a partir del océano.
En el estado de Ceará, en el nordeste brasileño, las causas de la escasez de agua no responden solo al clima. También están impulsadas por un modelo de desarrollo que consume cada vez más recursos hídricos en una región que históricamente ha sufrido las consecuencias de la sequía.
Caucaia, un municipio de más de 370.000 habitantes en la región metropolitana de Fortaleza, es uno de los principales polos industriales de Brasil. Su proximidad al Complejo Industrial y Portuario de Pecém ha atraído inversiones en siderurgia, energía y logística, sectores que necesitan grandes volúmenes de agua para operar.
Sin embargo, entre 2012 y 2017, Ceará atravesó una de las peores crisis hídricas de su historia reciente. Los embalses alcanzaron niveles críticos y obligaron a replantear completamente la gestión del agua. La experiencia impulsó nuevas inversiones en seguridad hídrica, desde sistemas de transferencia de agua hasta proyectos de desalación que buscan diversificar el abastecimiento y reducir la vulnerabilidad frente a las sequías. Pero la tensión entre el ritmo del crecimiento industrial y la disponibilidad de agua sigue sin resolverse.
Estas ciudades no son casos aislados ni inevitables. Son, sobre todo, un aviso. Como señala Fernando Cortabirarte, director de Operaciones del Ciclo del Agua e Innovación y Tecnología de ACCIONA, “debemos entender el agua como una inversión en desarrollo sostenible en sentido ambiental, social y económico, más aún frente a la proliferación de fenómenos climáticos extremos”. No hay una única respuesta, sino una combinación de tecnologías y enfoques que, aplicados de forma coordinada, pueden cambiar el destino hídrico de estas ciudades.
Para las zonas costeras, la desalación es una de las respuestas más potentes. Mediante la tecnología de ósmosis inversa, que supone alrededor del 70 % de la capacidad desaladora global, el agua del mar se convierte en apta para el consumo haciendo pasar el agua salada a presión por membranas que retienen las sales. La planta desaladora de Adelaida, en Australia del Sur, gestionada por ACCIONA, puede cubrir hasta el 100 % de las necesidades hídricas de la ciudad en invierno y garantizar el suministro de hasta dos millones de personas. Una infraestructura bien diseñada no solo resuelve una crisis: previene las siguientes.
Pero no toda solución pasa por traer agua nueva. Actualmente, más del 80 % de las aguas residuales se vierten a ríos y mares sin tratamiento previo. La depuración y reutilización permite devolver ese volumen al ciclo del agua para usos agrícolas y producción de alimentos, riego urbano o recarga de acuíferos. Tecnologías como los reactores biológicos de membrana permiten niveles de tratamiento que antes requerían infraestructuras mucho más complejas. En México, la planta depuradora de Atotonilco demuestra que este modelo puede operar a escala regional.
Y luego está la solución menos visible: reducir lo que se pierde. En muchas ciudades latinoamericanas, una parte importante del agua se escapa por fugas en las redes de distribución.
Y luego está la solución menos visible: reducir lo que se pierde. En muchas ciudades latinoamericanas, una parte importante del agua se escapa por fugas en las redes de distribución antes de llegar a los hogares. Cada litro que se pierde es un litro que ha habido que producir, tratar y transportar en vano.. Los sistemas de monitoreo digital y los sensores de detección de pérdidas en tiempo real permiten optimizar el uso del recurso sin necesidad de nuevas fuentes de agua dulce. En un contexto de escasez, la eficiencia también es una forma de producir agua suficiente.
Las ciudades sedientas de América Latina no aparecen en los grandes titulares internacionales. No tienen la escala de São Paulo ni el impacto de Ciudad del Cabo. Pero también merecen soluciones.
La tecnología existe. Los casos de éxito están documentados. El desafío es replicarlos antes de que llegue la emergencia, no después. El agua no espera. Y estas ciudades, tampoco.