El Pacífico ecuatorial lleva semanas calentándose a un ritmo que ya no deja dudas. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que el fenómeno El Niño se intensificará rápidamente hasta convertirse en un episodio fuerte entre julio y septiembre de 2026, con anomalías de temperatura oceánica que superarán los 2°C en las zonas clave de vigilancia del Pacífico. Además, se espera que alcance su pico entre noviembre de este año y febrero del próximo.
“Esto aumentará las probabilidades de sequías y lluvias intensas, así como el riesgo de olas de calor terrestres y marinas en muchas regiones del mundo”, afirmó Celeste Saulo, secretaria general de la agencia meteorológica de Naciones Unidas. El fenómeno llega, además, sobre un planeta que ya arrastra semanas de calor récord. Por ejemplo, Alemania registró su temperatura más alta jamás medida, 41,7°C.
Es habitual que un anuncio como este venga acompañado de apodos como “Super Niño” o “Niño Godzilla”, pero esos términos no existen en la terminología oficial. Lo oficial es la recomendación de prepararse. Y ahí está el punto clave. Contar con varios meses de anticipación solo tiene valor si ese tiempo se aprovecha para reducir riesgos. La diferencia entre un país que sale golpeado y otro que logra resistir no la marca el fenómeno en sí, sino la rapidez con la que convierte los pronósticos en medidas concretas.
¿Qué voy a leer en este artículo?
El Niño acompaña a la humanidad desde hace siglos. El episodio de 1877 y 1878 provocó una sequía global que golpeó especialmente fuerte al sur de India, donde la falta de lluvias monzónicas se combinó con decisiones políticas de la época hasta desencadenar una grave crisis alimentaria. En ese momento nadie sabía por qué fallaban las lluvias. La ciencia que explica la conexión entre el Pacífico y el clima global no llegaría hasta más de 80 años después.
Hoy el panorama es muy distinto. Los países siguen el fenómeno con boyas oceánicas y sistemas de alerta temprana, la agricultura es mucho más resiliente y algunos de los lugares más vulnerables cuentan con reservas estratégicas de alimentos o sistemas públicos de distribución que amortiguan el golpe de una mala cosecha.
En el norte de Perú, la anchoveta, el pez que sostiene buena parte de la pesca artesanal del país, se está desplazando hacia aguas más profundas y hacia el sur a medida que el mar se calienta. Las redes vuelven cada vez más vacías y algunas comunidades pesqueras han empezado a buscar otras alternativas de ingresos, como el ecoturismo o la acuicultura.
Eso no significa que no haya riesgo. Este episodio coincide con un momento especialmente complejo para el sistema alimentario mundial, que ya enfrenta presiones derivadas de la escasez de fertilizantes, la volatilidad de los mercados agrícolas y los presupuestos cada vez más ajustados de numerosos países en desarrollo. En 2025, 266 millones de personas en 47 países sufrieron inseguridad alimentaria aguda, una crisis impulsada por conflictos, choques económicos y fenómenos climáticos, según el informe de la Red Mundial contra las Crisis Alimentarias.
En América Latina, los pronósticos ya anticipan algunos de sus posibles efectos. Para el trimestre de julio a septiembre de 2026, la Organización Meteorológica Mundial calcula una mayor probabilidad de lluvias por debajo de lo normal en partes de Centroamérica, el Caribe y el noroeste de Sudamérica, aunque insiste en que esto son proyecciones probabilísticas, no certezas. A medida que el fenómeno se acerque a su máxima intensidad, el patrón histórico de El Niño sugiere que las costas del Pacífico de Colombia, Perú y Ecuador podrían registrar condiciones cálidas y húmedas, mientras el sureste de Brasil, Uruguay y el noreste de Argentina podrían ver lluvias por encima de lo habitual.
Frente a este panorama, la respuesta internacional ya está en marcha. La agencia meteorológica de Naciones Unidas anunció una movilización sin precedentes para coordinar a gobiernos, organismos humanitarios y sectores sensibles al clima. “Las predicciones estacionales con suficiente antelación y las alertas tempranas son fundamentales para salvar vidas y amortiguar el impacto en nuestras economías y comunidades”, señaló su secretaria general.
A mediados de junio de este año, la FAO y el Programa Mundial de Alimentos lanzaron un Llamamiento Conjunto de Acción Anticipatoria. Piden 202 millones de dólares para proteger a 8,8 millones de personas en 22 países de alto riesgo entre junio de 2026 y marzo de 2027. De América Latina y el Caribe, la lista incluye a Colombia, Venezuela, Haití, Honduras, Guatemala y El Salvador. Las dos agencias ya cuentan con fondos para atender a 1,2 millones de personas; faltan 167 millones más para llegar a los 7,6 millones restantes.
La pregunta no es si El Niño llegará, sino si ese tiempo se aprovechará para reducir sus impactos.
La lógica detrás de este enfoque es contundente: cada dólar invertido en acción anticipatoria puede ahorrar hasta siete dólares en pérdidas y respuesta humanitaria posterior. En la práctica, esto implica intervenir antes de que aparezcan los impactos más severos mediante transferencias de efectivo a familias vulnerables, distribución de semillas resistentes a la sequía o las inundaciones, protección del ganado, sistemas de captación y almacenamiento de agua e infraestructura para reducir el riesgo de inundaciones.
La financiación y la ejecución de estas medidas deben ponerse en marcha mientras aún existe margen para prevenir pérdidas. Hace siglo y medio nadie entendía por qué fallaban las lluvias. Hoy el mundo dispone de información suficiente para anticipar este fenómeno con varios meses de ventaja. La carrera ya comenzó. La pregunta no es si El Niño llegará, sino si ese tiempo se aprovechará para reducir sus impactos.