¿Qué voy a leer?
- El desafío de asegurar materias primas
- Aprender a convertir los residuos en nuevas materias primas
- Pensar el ciclo desde el origen
Hace más de cuatro años, cuando Rusia atacó Ucrania, Europa constató la fragilidad de su dependencia energética. Con ello, no solo estaba en jaque el suministro de energía, sino también la seguridad del viejo continente.
La Unión Europea se lanzó entonces a perfilar un plan de seguridad y resiliencia con el objetivo de reducir la dependencia de proveedores externos poco fiables para reducir la vulnerabilidad frente al suministro de materias primas, así como ante la volatilidad de los precios. La clave debía ser la economía circular: conseguir transformar los residuos en materias primas para garantizar que la industria europea dispusiera de un suministro estable.
«Perseguir el doble objetivo de alcanzar la soberanía energética estratégica y cumplir la meta de neutralidad climática en 2050 a más tardar» fue uno de los objetivos que subrayaba el Consejo Europeo en su última reunión en Budapest. Dos años más tarde, despega en Europa la Ley de Economía Circular, una estrategia de circularidad que pone el foco no solo en la vertiente medioambiental, sino también en la económica y geopolítica.
El aumento de la demanda de materias primas –y la creciente escasez de recursos– ha llevado a buscar alternativas que han encontrado en la reutilización y en la transformación de residuos en nuevos recursos en los pilares fundamentales de un modelo más competitivo y menos dependiente. Y es que, en los últimos años, las exportaciones de materias primas que la Unión Europea ha realizado a terceros países han sido inferiores a las importaciones, lo que se traduce en déficit comercial y vulnerabilidad. Porque la transformación de materiales fuera de uso en materias primas, además, reduce los riesgos asociados al suministro –como la volatilidad o la disponibilidad–.
Ante esta realidad, la nueva circularidad europea se ha propuesto propiciar un mercado único de materias primas donde no solo el flujo de estas circule libremente, sino que también estimule una oferta y una demanda comunitaria de productos reciclados y reutilizables.
Precisamente la falta de una demanda sólida de materiales reciclados en el entorno comunitario es uno de los escollos para alcanzar una mayor tasa de circularidad, índice que señala la cantidad de materiales reciclados que se han utilizado en un producto, así como aquellos que se pueden reutilizar. La Unión Europea ha fijado que dicha tasa debería ser del 24% para 2030; en la actualidad, es del 12,2%. El mayor desafío lo enfrentan aquellos sectores –renovables, baterías, robótica, automatización– que utilizan mayores cantidades de materias primas críticas, como las tierras raras, el litio o el cobalto.
Junto a las materias primas, los residuos son otro gran reto, ya que la Unión Europea produce más de 2.100 millones de toneladas de residuos al año. De forma más concreta, los residuos de envases, que giran en torno a los 80 millones de toneladas de envases desechados en los países europeos.
El nuevo reglamento europeo sobre envases y residuos de envases establece, entre otras cosas, que para 2027 los establecimientos estarán obligados a aceptar recipientes propios para llevar comida o bebida y los supermercados deberán habilitar zonas de productos a granel.
Además, para 2030, todos los envases deberán ser al menos un 70% reciclables y se implementarán prohibiciones progresivas de plásticos de un solo uso.
Otra parte importante de generación de residuos viene de productos que se fabricaron, pero que nunca llegaron a ver la luz y tuvieron que destruirse. Por este motivo, la Unión Europea obliga ahora a las grandes empresas a detallar el número de productos de consumo no vendidos desechados, así como el desglose detallado de su peso, los motivos por los que se desechan o las medidas de reutilización y reciclaje adoptadas.
Al hablar de circularidad, el diseño de los productos es un tema que tiende a quedar relegado, cuando precisamente hasta el 80% del impacto medioambiental de los productos se determina en la fase de diseño. Por eso, el reglamento de diseño ecológico para productos sostenibles busca la durabilidad, la seguridad y la eficiencia energética, además de crear productos que sean fáciles de reparar, reciclar y que prioricen el uso de elementos sostenibles.
Requisitos de diseño ecológico que la Unión Europea quiere que sean prioritarios en productos de gran impacto medioambiental, como los textiles, los muebles o los neumáticos, pero también el hierro, el acero o el aluminio.
Para conocer la trazabilidad, el impacto medioambiental o el grado de reparabilidad, todo deberá ir acompañado del Pasaporte Digital de Producto: un registro electrónico que detalla el origen, fabricación, composición o reciclabilidad de cada cosa con el objetivo de mejorar la transparencia y facilitar las prácticas sostenibles.
Porque otro empeño de la Unión Europea es combatir el greenwashing. La sostenibilidad está al alza, pero no siempre son compromisos verdaderos que se traducen en acciones reales. Para hacerle frente, la nueva directiva busca que todas las denominadas prácticas sostenibles se puedan verificar y certificar, con el objetivo de poner a disposición de la ciudadanía información veraz y empoderarla hacia la transición ecológica.
Carmen Gómez-Cotta es periodista con una trayectoria internacional que incluye medios como Ethic, La Razón, El País Semanal, El Viajero, Conde Nást, The Ethical Corporation Magazine o Mining Journal.
Escribe sobre temas de impacto positivo que abarcan cambio climático, energía o biodiversidad, así como ESG y Relaciones Internacionales con el objetivo de dar a conocer al público los principales retos a los que se enfrentan las sociedades del siglo XXI e indagar de la mano de expertos en distintas materias posibles soluciones para cada uno de ellos.