Hay ideas tan necesarias que resulta fácil dar por sentado que acabarán imponiéndose por su propio peso. La sostenibilidad era una de ellas. Durante años pensamos que bastaba con escuchar a la ciencia para que la política encontrara el camino correcto. Pero las sociedades no funcionan así. El camino al infierno está adoquinado de buenas intenciones y las mejores causas se tuercen con facilidad en tiempos de dogmatismo e inflación moral.
La reacción no tardó en llegar. Mientras una parte de Europa abrazaba con entusiasmo las bondades de la transición ecológica, otra empezaba a percibirla como una amenaza para su modo de vida. Los chalecos amarillos en Francia fueron una de las primeras señales de alarma. Después llegó la guerra de Ucrania y nos recordó, con la implacabilidad de una guerra, que la realidad siempre acaba imponiéndose a los relatos. Europa defendía el Pacto Verde mientras le compraba el gas a un dictador. La sostenibilidad ya no podía pensarse al margen de la seguridad energética, de la autonomía estratégica o de la geopolítica.
Y entonces Draghi dio su famoso golpe en la mesa. Su informe no cuestionaba la necesidad de la transición ecológica; cuestionaba la capacidad de Europa para hacerla posible. Porque un continente que pierde peso industrial, que invierte menos que sus competidores y que convierte la regulación en su principal ventaja difícilmente podrá liderar la transformación económica más ambiciosa de nuestro tiempo. No basta con fijar objetivos; hay que tener músculo para alcanzarlos. Y Europa no puede permitirse el lujo de languidecer en una decadencia perfectamente regulada.
Sería un error interpretar este cambio de rumbo como una rectificación del Pacto Verde. La verdadera disyuntiva no es sostenibilidad o competitividad. Ese un antagonismo fake, como otros tantos. Sin una economía innovadora, una industria fuerte y empresas capaces de competir, la transición ecológica quedará reducida a un catálogo de buenas intenciones. Pero tampoco habrá prosperidad duradera en una economía que ignore los límites ambientales del planeta. Una necesita de la otra.
Sin una economía innovadora, una industria fuerte y empresas capaces de competir, la transición ecológica quedará reducida a un catálogo de buenas intenciones.
Europa no necesita rebajar su ambición climática. Necesita elevar su ambición económica. Menos inflación normativa y más innovación. Menos gesticulación y más inversión. Menos burocracia y más ciencia. Menos culpa y más incentivos. La sostenibilidad dejará de ser un motivo de división cuando los ciudadanos la perciban no solo como una obligación, sino también como una fuente de empleo, de bienestar y de oportunidades.
Ya lo advertía Isaiah Berlin: los grandes conflictos de la política nacen cuando creemos que debemos elegir entre bienes que, en realidad, deberían poder convivir. Sobre esta tensión se ha construido la historia de Europa, que es, en el fondo, la historia de reconciliar aparentes contradicciones. Mercado y Estado. Libertad e igualdad. Tradición e innovación. Ese vuelve a ser hoy nuestro desafío. No elegir entre prosperidad y sostenibilidad, sino demostrar que ambas forman parte de una misma idea de progreso.
La competitividad no debe ser la enmienda a la sostenibilidad, sino la condición para hacerla posible.
Ahí reside, probablemente, la diferencia entre Europa y el resto de las grandes potencias. Estados Unidos innova con una fuerza extraordinaria. China planifica con una capacidad difícilmente igualable. Europa, si quiere seguir siendo relevante, tendrá que demostrar que es posible innovar sin renunciar al humanismo, competir sin erosionar la democracia liberal y crecer sin hipotecar el planeta.
Europa aún tiene una oportunidad. No porque el tiempo juegue a su favor, sino porque sigue conservando aquello que hizo de ella un referente: la capacidad de corregirse sin traicionarse. La competitividad no debe ser la enmienda a la sostenibilidad, sino la condición para hacerla posible. Porque las sociedades abiertas no sobreviven solo gracias a sus principios. También necesitan generar prosperidad. Y quizá la gran tarea política de nuestro tiempo consista precisamente en demostrar que el futuro no pertenece a quienes nos obligan a elegir entre libertad, crecimiento y sostenibilidad, sino a quienes son capaces de hacer compatibles las tres.
Pablo Blázquez es un periodista y editor español, conocido por ser el fundador de la revista Ethic, publicación que nació en 2011 con el objetivo de analizar los grandes retos del siglo XXI a través de una mirada humanista y decididamente plural. En 2023 recibió el Premio DUX al Liderazgo Emergente, que reconoció su trabajo al frente de Ethic y su labor de divulgación centrada en el impacto positivo.