Mária Telkes, la reina del Sol que llegó antes que los paneles solares

¿Cómo calentar una casa en pleno invierno usando única y exclusivamente el Sol? Este era el desafío mayúsculo que se impuso la fisicoquímica Mária Telkes a mediados del siglo XX. Y lo logró. 

Dejó a un lado los combustibles fósiles e inventó el primer sistema de calefacción solar doméstica capaz de almacenar el calor del Sol para utilizarlo cuando este no brilla. Lo integró en una de las casas más famosas de la arquitectura moderna, la Dover Sun House. Esto marcó un antes y un después en la obra de esta científica, que empezó a conocerse como la Reina del Sol.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?:

Un trío de mujeres engendró la construcción de esta casa, que ubicaron en la campiña rural de Massachusetts, donde las nevadas y los días nublados son la tónica habitual durante la estación fría. La arquitecta Eleanor Raymond se encargó del diseño, la escultora y mecenas Amelia Peabody financió la obra y la científica Telkes ideó el magistral calefactor, de la mano del Massachusetts Institute of Technology (MIT).

 

La casa tenía un diseño sorprendente para la habitual arquitectura residencial de 1948. Su estética estaba a los pies de su función, que era captar la luz del sol. A pesar de ello el resultado fue magnífico. Líneas puras, superficies amplias, limpieza visual y una rompedora forma de cuña, algo nada común en el entorno campestre donde fue construida. El tejado en caída cubría cerca de 150 metros cuadrados distribuidos en dos habitaciones, un baño, cocina y salón. 

Este sistema utilizaba la cristalera de la fachada, orientada hacia el sur, para capturar el calor del sol. El colector estaba formado por dos capas de vidrio con una cámara de aire entre ellas. La capa interior estaba apoyada sobre una placa de metal pintada de negro. A través del vidrio externo entraba la radiación solar, calentaba la superficie negra, que transfería el calor al aire atrapado en la cámara. Este aire caliente se dirigía mediante un sistema de ventiladores hacia unos cubículos escondidos bajo las estancias que componían la casa. 

 

Estos compartimentos estaban llenos de bidones con sales de Glauber (sulfato de sodio decahidratado) que se hacen líquidas a 32 °C. Cuando hacía frío y la temperatura de la habitación bajaba, las sales volvían a cristalizar y liberaban calor. Este calor se distribuía por la habitación con un ventilador.

Este sistema utilizaba la cristalera de la fachada, orientada hacia el sur, para capturar el calor del sol.

La vivienda nació para ser habitada no solo como un juego experimental. Pronto se mudó a vivir allí el doctor Anthony Nemethy, primo de Telkes, con su mujer Esther y su hijo Andrew de tres años, tras huir de Hungría por la ocupación soviética. Su vida en la casa discurría entre la rutina doméstica y la sensación de formar parte de algo grande que debía ser compartido. Durante los tres primeros años que allí vivieron la casa estuvo abierta al público un par de días a la semana. La familia enseñaba su hogar a unos 3000 visitantes al año.

 

Unos años después de su construcción el sistema de calentamiento empezó a fallar; las sales eran corrosivas y empezaron a filtrarse fuera de los barriles. Pese a estas limitaciones, el experimento se convirtió en un referente de la investigación solar de la época.

 

En 1954 se instaló un horno convencional. Los Nemethy vivieron allí el resto de su vida. La casa fue demolida alrededor de 2012. Hoy en su lugar hay una nueva construcción que incluye un sistema de calefacción solar, cómo no. 

Esta científica, la mayor de ocho hermanos, nacida en Hungría y emigrada a EE. UU., estaba cautivada por el enorme potencial del Sol antes del hito de la Dover Sun House. Durante la Segunda Guerra Mundial volcó su genio en la creación de un kit portátil de desalinización de agua que usaba energía solar. El dispositivo terminó formando parte de los equipos de emergencia militares.

 

“Usaremos el Sol como fuente de energía tarde o temprano… ¿por qué esperar?”, decía Telkes en 1951 reclamando financiación para la incipiente investigación en tecnologías basadas en la energía solar. Un par de años después, esta doctora en Química Física por la Universidad de Budapest, recibió una beca para desarrollar un horno solar.

 

El reto era inventar un horno sencillo para utilizar en países en vías de desarrollo. En un par de años lo tuvo listo. “Hornea, asa y tuesta... hace de todo menos silbar”, decía. Hacía demostraciones públicas con el invento: una caja de aluminio, que desplegaba cuatro láminas reflectantes que dirigían la energía térmica al interior. En media hora tenía listas unas hamburguesas. Este diseño sigue utilizándose en la actualidad.

 

El entusiasmo de Telkes, que murió en 1995 en su tierra natal, abrió el camino hacia la integración de la energía solar en la arquitectura residencial. Hoy los paneles solares en las viviendas son legión. Su búsqueda incansable de formas de almacenamiento térmico anticipó soluciones que décadas después tendrían una importancia vital en el desarrollo de las energías renovables. El sol, energía limpia y renovable, se ha terminado usando como fuente de calor y para generar electricidad. Si Telkes viera su legado brillaría como el Sol.

América Valenzuela es química y periodista. Su curiosidad por entender cómo funciona hasta el menor detalle la condujo a estudiar Ciencias Químicas y sus ganas de contarlo la dirigieron hacia el periodismo y la divulgación. Lleva media vida escribiendo para periódicos (El Mundo, El Correo y El Independiente), charlando en la radio (RNE y Onda Cero), informando en la televisión (Canal 24h, La 2 y Movistar Plus+) y presentando actos vinculados con la ciencia, el medioambiente y la salud. Admiradora incansable de la naturaleza, de mirada asombrada y aventurera de sofá. Además, es la autora de La vida secreta de tu alcachofa de ducha (Geoplaneta) y Ciencia al cubo (Temas de Hoy).