El futuro de muchas especies no está más al norte, sino montaña arriba  

El cambio climático empuja a la flora y fauna hacia latitudes (y altitudes) más frías, una migración de especies a cámara lenta que los corredores ecológicos pueden facilitar.

La lógica nos dice que, si el clima se vuelve más cálido, las especies tenderán a desplazarse hacia el norte —o hacia el sur, en el hemisferio austral— para seguir encontrando las temperaturas a las que están adaptadas. De esa idea nacieron muchos de los grandes corredores ecológicos diseñados en las últimas décadas, inmensas redes de espacios protegidos capaces de conectar espacios naturales de norte a sur para facilitar el desplazamiento de las especies hacia latitudes más frías.

 

Sin embargo, la ciencia está empezando a cambiar ese paradigma. Porque para muchos animales y plantas no hace falta recorrer cientos o miles de kilómetros para escapar del calor. Les basta con subir una montaña.

 

Los llamados corredores altitudinales o verticales podrían convertirse en una de las herramientas más eficaces para ayudar a la biodiversidad a adaptarse al calentamiento global. Los primeros mapas elaborados para la Amazonía y los Andes, junto a proyectos de restauración y conectividad ecológica en lugares como Yellowstone, Costa Rica o la Patagonia, muestran que, para muchas especies, el futuro no está más al norte, sino más arriba.

 

Qué voy a leer en este artículo:

Puede parecer poca cosa, pero el aumento de apenas un par de grados en la temperatura media es capaz de transformar por completo un ecosistema. Un bosque templado puede dejar de ofrecer las condiciones que necesitan determinadas aves; un anfibio puede encontrar demasiado cálidas las charcas donde siempre se reprodujo; una orquídea puede perder el nivel de humedad imprescindible para sobrevivir. En esos casos la especie tiene dos opciones para sortear la extinción: adaptarse a ese nuevo clima diferente o desplazarse hacia otro lugar.

 

Durante mucho tiempo se dio por hecho que ese movimiento seguiría una dirección horizontal, buscando latitudes más frías. Pero numerosos estudios realizados durante las dos últimas décadas confirman que, especialmente en regiones montañosas, muchas especies están optando por una estrategia mucho más eficiente: ascender.

 

A primera vista puede parecer extraño. Al subir una montaña estamos ligeramente más cerca del Sol, así que ¿no debería hacer más calor? Sin embargo, ocurre justo lo contrario, hace más frío. La explicación es que el aire no se calienta directamente por los rayos solares, sino sobre todo porque la superficie de la Tierra absorbe la energía solar y después la transmite a la atmósfera. A medida que ascendemos nos alejamos de esa fuente de calor y el aire es también más ligero y menos denso, por lo que retiene peor la energía. El resultado es que la temperatura desciende con la altitud: de media, unos 6,5 °C por cada 1.000 metros de ascenso, aunque esa cifra puede variar según las condiciones meteorológicas. Esa diferencia convierte a las montañas en auténticos refugios climáticos para numerosas especies que buscan escapar del calentamiento global sin tener que recorrer grandes distancias. Es un camino mucho más corto, más rápido y, en muchos casos, más viable.

Este fenómeno resulta especialmente evidente en las regiones tropicales, donde las especies suelen estar adaptadas a rangos de temperatura muy estrechos.

No es algo que pueda pasar, es algo que ya ocurre. Desde los Alpes europeos hasta las Montañas Rocosas, pasando por los Andes, el Himalaya o las montañas tropicales de África, diferentes investigadores han documentado cómo aves, mamíferos, insectos y plantas, e incluso peces de agua dulce, están desplazando gradualmente sus áreas de distribución hacia cotas cada vez más elevadas. Este fenómeno resulta especialmente evidente en las regiones tropicales, donde las especies suelen estar adaptadas a rangos de temperatura muy estrechos y disponen de un menor margen fisiológico para soportar el calentamiento.

Las montañas son auténticos mosaicos de climas. En apenas unos kilómetros pueden concentrarse condiciones equivalentes a las que, en una llanura, obligarían a recorrer centenares de kilómetros.

 

Mientras en el fondo de un valle domina un ambiente cálido, unas pocas curvas de nivel más arriba aparecen bosques más frescos, más arriba todavía surgen praderas de alta montaña y, finalmente, las cumbres mantienen temperaturas que recuerdan a las de latitudes mucho más septentrionales. Para la biodiversidad, estos pisos bioclimáticos descubiertos por Humboldt representan auténticas autopistas de escape. Es un proceso que ya ha ocurrido numerosas veces a lo largo de la historia de la Tierra durante los ciclos naturales de calentamiento y enfriamiento del clima. La diferencia es que ahora los culpables de este cambio somos nosotros. Y que está avanzando a un ritmo muy superior al de la mayoría de los procesos naturales de adaptación de las especies, va demasiado rápido.

 

Por eso ya no basta con conectar espacios protegidos. También es necesario que exista una continuidad ecológica desde las tierras bajas hasta las cumbres, permitiendo que animales y plantas puedan desplazarse gradualmente buscando el clima que necesitan. Por eso la conservación ya no debe pensar únicamente en dos dimensiones, de norte a sur o de este a oeste, sino también en una tercera igualmente muy importante, la altitud.

La Amazonía occidental está considerada uno de los mayores reservorios de biodiversidad del planeta. Allí confluyen la mayor selva tropical del mundo y la cordillera de los Andes, un gigantesco gradiente natural que conecta las tierras bajas amazónicas con montañas que superan los 6.000 metros de altitud. Durante millones de años, esa transición ha permitido que miles de especies evolucionaran adaptándose a condiciones muy diferentes de temperatura y humedad. Ahora, con el cambio climático, ese mismo gradiente puede convertirse en una auténtica vía de escape.

 

Un equipo internacional de investigadores acaba de dar un paso decisivo en esa dirección con la elaboración del primer mapa regional de corredores altitudinales de la Amazonía. El estudio, publicado en la revista científica Global Ecology and Conservation, identifica las rutas naturales que permiten mantener la conectividad entre las tierras bajas amazónicas y las montañas andinas, un elemento clave para que numerosas especies puedan desplazarse hacia climas más frescos a medida que aumente la temperatura global. El trabajo analiza millones de hectáreas repartidas entre varios países amazónicos y evalúa hasta qué punto los paisajes conservan una continuidad suficiente para permitir el desplazamiento rápido y viable de las especies desde las tierras bajas hasta las zonas montañosas de los Andes.

El extraordinario desnivel de los Andes los convierte en uno de los mayores laboratorios naturales para estudiar cómo responde la biodiversidad al calentamiento global.

Con más de 7.000 kilómetros de longitud, la cadena montañosa tropical más extensa del mundo conecta algunos de los ecosistemas más diversos del planeta, desde selvas amazónicas, bosques montanos y bosques nublados, hasta páramos y cumbres de alta montaña. Cada pocos cientos metros de ascensión cambia el paisaje, cambian las especies y cambia el clima. Ese extraordinario desnivel convierte a los Andes en uno de los mayores laboratorios naturales para estudiar cómo responde la biodiversidad al calentamiento global.

La buena noticia es que la mayoría de esos corredores naturales en altura siguen existiendo. A diferencia de otras regiones del planeta, todavía es posible encontrar franjas continuas de bosque que ascienden desde la selva amazónica hasta los bosques nublados andinos y las altas montañas. Esa conectividad representa una oportunidad extraordinaria para favorecer la adaptación de la biodiversidad al cambio climático.

Pero también revela una enorme vulnerabilidad, pues la expansión agrícola, la minería, la apertura de carreteras, la construcción de infraestructuras energéticas o la deforestación están fragmentando algunos de estos importantes pasos naturales en altura. Si se rompen esos corredores verdes, muchas especies perderán la posibilidad de seguir ascendiendo.

Es una pregunta que la ciencia estudia y cuantifica con preocupación creciente. Al ser las montañas un espacio limitado, los ecólogos confirman nuestras sospechas, pues han detectado una auténtica "compresión de la biodiversidad" que no para de aumentar, un amontonamiento.

 

Es como si, en un edificio, los habitantes de cada planta se vieran obligados a mudarse al piso superior al mismo tiempo. Mientras exista otro nivel al que subir, el sistema puede absorber parte de esa presión. El problema llega cuando se alcanza la última planta y las especies de alta montaña no tienen un nivel más alto al que subir. 

Poco a poco, el espacio disponible se reduce, aumenta la competencia por alimento, refugio y zonas de reproducción, se alteran las relaciones entre depredadores, presas, polinizadores y plantas.

 

En las cumbres, donde el terreno es cada vez más escaso, esa presión puede provocar un auténtico “cuello de botella ecológico”. Comunidades que durante miles de años evolucionaron separadas empiezan a solaparse, con los conflictos que eso pueda provocar, mientras las especies más especializadas ven cómo su hábitat se encoge. 

La estrategia de trepar por las montañas tiene un evidente límite físico imposible de superar. Las especies que viven en cotas medias pueden seguir ascendiendo durante décadas. Sin embargo, las que ya habitan cerca de las cumbres disponen de muy poco margen para escapar, atrapadas en esa "isla" climática de las cumbres, cada vez más apelotonadas y sin posibilidad de seguir subiendo.

 

Es lo que numerosos investigadores describen como la “trampa de la cima” (summit trap) o más gráficamente la “escalera mecánica hacia la extinción” (escalator to extinction). Explica que el calentamiento climático empuja lentamente a las especies montaña arriba hasta que llegan a un punto donde simplemente ya no hay más montaña que trepar. A partir de ese momento, cualquier aumento adicional de la temperatura puede traducirse en una reducción drástica de sus poblaciones o incluso en su desaparición.

 

Las primeras señales ya se han observado en distintos sistemas montañosos del planeta. Numerosas plantas alpinas ocupan hoy cotas más elevadas que hace apenas unas décadas. Algunos pequeños mamíferos y anfibios de montaña muestran distribuciones cada vez más restringidas. Incluso determinadas comunidades de insectos y aves están abandonando zonas donde habían permanecido estables durante siglos. Por ejemplo, la distribución de la delicada mariposa cuatro ocelos de Sierra Nevada (Pseudochazara williamsi) se desplaza año tras año hacia cotas más altas, en busca de unas condiciones climáticas que ya no encuentra en las zonas inferiores.

 

Este fenómeno también afecta a los ríos de montaña de la Península Ibérica. En el Parque Nacional de Guadarrama, por ejemplo, las truchas comunes (Salmo trutta) están desplazando progresivamente sus zonas de reproducción hacia los tramos más altos de ríos como el Lozoya, donde el agua sigue siendo más fría y oxigenada, condiciones indispensables para el desarrollo de los huevos y los alevines. Sin embargo, esta estrategia tiene un límite evidente, pues cuanto más ascienden, menor es la longitud de los cauces y menor el espacio disponible para desovar. De seguir así, llegará un momento en el que simplemente ya no habrá más río. Es un callejón acuático sin salida.

El cambio climático está alterando el clima del planeta a una velocidad sin precedentes en la historia reciente. Las temperaturas medias globales siguen aumentando y los episodios de calor extremo son cada vez más frecuentes, intensos y duraderos. La naturaleza siempre ha respondido a estos cambios de forma natural, pero normalmente disponía de siglos o incluso milenios para hacerlo. Ahora, en cambio, muchas especies se enfrentan a un ritmo de calentamiento muy superior a su capacidad natural de adaptación biológica o de dispersión. Para ellas, encontrar un camino rápido hacia ambientes más frescos se ha convertido en una cuestión de supervivencia.

 

Ese desfase preocupa a los científicos. Si las temperaturas aumentan más rápido de lo que las especies son capaces de desplazarse, incluso la existencia de corredores bien conservados puede no ser suficiente para evitar pérdidas de biodiversidad. Por eso cada vez cobra más importancia actuar antes de que los corredores se rompan. Restaurar un bosque puede requerir varias décadas. Pero recuperar un ecosistema fragmentado es mucho más complejo que conservar uno que todavía permanece conectado.

 

Por suerte, la naturaleza todavía conserva muchas de esas autopistas climáticas. Y, lo que es más importante, cada vez sabemos mejor dónde están y cómo protegerlas.

Uno de los paradigmas más inspiradores de esta nueva manera de entender la conservación de la naturaleza se localiza en el extremo sur de América. Durante las últimas décadas, Kris Tompkins, la persona que más tierras ha donado para la conservación en toda la historia, y su equipo de Tompkins Conservation, han impulsado el mayor proceso de restauración ecológica del mundo, contribuyendo con ello a la creación y ampliación de numerosos parques nacionales en Chile y Argentina que abarcan millones de hectáreas. El periodista Amaro Gómez Pablos, en un proyecto de colaboración con ACCIONA, tuvo la oportunidad de entrevistar a Kris Tompkins y emocionarse con su testimonio. Nos lo contó en este entrañable artículo.

 

Pero el objetivo final nunca fue proteger únicamente especies emblemáticas como el puma, el huemul o el cóndor andino, que también, sino recuperar el funcionamiento completo de los ecosistemas. Es un cambio de modelo que implica restaurar bosques y humedales, eliminar infraestructuras obsoletas, favorecer el regreso de especies desaparecidas y, sobre todo, devolver continuidad al paisaje para que pueda comportarse como un sistema vivo, autónomo, más resiliente.

Estos proyectos representan un ejemplo muy claro de cómo el rewilding puede convertirse en una importante herramienta de adaptación frente al cambio climático.

Aunque muchos de estos proyectos nacieron antes de que la adaptación climática ocupara un lugar central en el debate científico, hoy representan un ejemplo muy claro de cómo el rewilding puede convertirse en una importante herramienta de adaptación frente al cambio climático. Porque un paisaje restaurado y conectado ofrece muchas más oportunidades para que las especies encuentren nuevos refugios conforme cambian las temperaturas. Es una forma inteligente, muy natural, de preparar los ecosistemas para el futuro.

Uno de los mejores ejemplos de esta nueva filosofía “altitudinal” es el proyecto Yellowstone to Yukon (Y2Y), una de las iniciativas de conectividad ecológica más ambiciosas del planeta. Nacido en los años noventa del siglo pasado, trabaja para mantener conectado un inmenso corredor de más de 3.000 kilómetros que une el Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, con el territorio canadiense del Yukón, atravesando las Montañas Rocosas.

 

Su objetivo inicial era facilitar el movimiento de grandes mamíferos como osos grizzly, lobos, pumas, glotones o alces, evitando que carreteras, urbanizaciones y otras infraestructuras fragmentaran sus hábitats. Pero con el paso del tiempo, el cambio climático ha reforzado aún más la importancia de esta estrategia.

La continuidad de las montañas permite que numerosas especies puedan desplazarse gradualmente hacia cotas y latitudes donde las temperaturas siguen siendo adecuadas.

La continuidad de las montañas permite que numerosas especies puedan desplazarse gradualmente hacia cotas y latitudes donde las temperaturas siguen siendo adecuadas. Al mismo tiempo, la restauración de pasos de fauna, la eliminación de barreras y la protección de nuevos espacios naturales están convirtiendo el corredor en una auténtica infraestructura para la adaptación climática.

Otro importante proyecto que explica esta nueva forma de entender la conservación se encuentra en Costa Rica y Panamá. El Corredor Biológico Amistosa conecta las selvas tropicales de la península de Osa y el Parque Nacional Corcovado, prácticamente al nivel del mar, con el Parque Internacional La Amistad, reconocido como Patrimonio Mundial de la UNESCO, una de las áreas protegidas de mayor riqueza biológica de Centroamérica y hogar de las montañas más altas de ambos países, incluido el Cerro Chirripó (3.821 metros), el techo de Costa Rica.

 

A lo largo de ese gran pasillo en altura, el paisaje atraviesa una extraordinaria sucesión de ecosistemas que conforman un auténtico gradiente altitudinal. Aunque el corredor nació con el objetivo de reducir la fragmentación del territorio y favorecer el movimiento de especies tan emblemáticas como el jaguar, la danta de Baird o la multicolor lapa roja, hoy también representa una valiosa herramienta de adaptación al cambio climático. Al mantener conectados ecosistemas situados a distintas altitudes, ofrece a la fauna y la flora la posibilidad de desplazarse progresivamente hacia ambientes más frescos conforme aumenten las temperaturas, sin encontrar barreras que interrumpan ese viaje como carreteras, explotaciones agrícolas o áreas urbanizadas.

 

Es un ejemplo singular de cómo la planificación ecológica y la planificación del territorio pueden, y deben, avanzar de la mano.

Cada vez resulta más evidente que los corredores ecológicos son una infraestructura tan importante como una red ferroviaria, una autopista o una línea eléctrica. La diferencia es que, en lugar de transportar personas o mercancías, permiten el movimiento de la vida. Esta evidencia exige incorporar la conectividad ecológica a la planificación del territorio desde el principio. Más allá de proteger los lugares donde viven las especies, hoy sabemos que también debemos conservar los caminos que les permitirán seguir viviendo.

 

Los nuevos mapas elaborados en la Amazonía y los Andes muestran que todavía existen corredores capaces de conectar selvas, bosques montanos y cumbres. Proyectos como Yellowstone to Yukon, los corredores biológicos de Costa Rica o el rewilding impulsado por Kris Tompkins demuestran que esa visión es ya una esperanza que está empezando a aplicarse con éxito sobre el terreno.

 

Diseñar carreteras con pasos de fauna, evitar nuevas barreras en corredores estratégicos, restaurar bosques degradados, promover la agroganadería regenerativa o recuperar corredores fluviales son actuaciones que, además de mejorar la biodiversidad, aumentan la capacidad de adaptación de los ecosistemas frente al cambio climático. Son infraestructuras cada día más sostenibles y menos invasivas de las que no sólo se benefician la flora y la fauna. Si es bueno para ellas será bueno para nosotros, porque, no lo olvidemos, también nosotros somos naturaleza.

 

Para muchas especies, incluida la nuestra, quizás el futuro ya no esté más al norte. Está más alto.

César Javier Palacios es periodista ambiental, geógrafo, naturalista y doctor en Historia del Arte. Tras una larga carrera profesional como redactor jefe en Diario 16 Burgos, más tarde en el diario Claro, pasó a colaborar con El País y El País Semanal hasta que se fue a vivir a Fuerteventura, donde fue redactor del periódico Canarias7 y la Agencia EFE. Ha trabajado para la Estación Biológica de Doñana (CSIC), SEO/BirdLife, Global Nature, Cabildo de Fuerteventura, los parques nacionales de Garajonay y Timanfaya y las Reservas de la Biosfera de Lanzarote, La Gomera y La Palma. También ha sido director de Comunicación de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente y de FSC España. Presenta en La2 de TVE el programa de naturaleza y cocina El Señor de los Bosques. Columnista en el diario 20 Minutos y bloguero de La Crónica Verde, colabora con RNE, Radio5 y en el verano de 2024 estrenó programa propio en Radio Clásica, "Músicas a vuelapluma". Puedes leer más acerca de él en su página de Wikipedia.