Hay una escena que se repite en muchos lugares del mundo: un bosque intacto, verde, silencioso. El visitante lo contempla y piensa que está ante naturaleza pura. Pero a veces ese silencio no es armonía; es ausencia. César Javier Palacios ya nos hablaba de ello en este artículo. Faltan herbívoros que pasten. Faltan depredadores que regulen. Faltan carroñeros que limpien. Faltan insectos que polinicen. En definitiva, falta vida.
Durante décadas, la conservación se centró en trazar líneas en un mapa y declarar parques nacionales. Y eso fue (y sigue siendo) fundamental. Pero proteger perímetros no garantiza que un ecosistema funcione. Un bosque sin animales puede ser hermoso… y estar biológicamente incompleto.
De ahí surge el concepto de rewilding, que en castellano podríamos traducir como “asilvestrar” o “asalvajar”: devolverle a un territorio las especies y procesos que perdió para que recupere su dinámica natural.
En Sudamérica, una de las organizaciones pioneras en esta visión ha sido Tompkins Conservation, cuyo trabajo impulsado por Douglas y Kristine Tompkins no se limitó a crear parques, sino a preguntarse qué ocurre dentro de ellos.
Kristine lo resume con una frase clara:
“La conservación sin biodiversidad es paisajismo.” Una postal.
¿Qué voy a leer en este artículo?
El primer gran paso fue proteger grandes extensiones: bosques templados en el sur de Chile, estepas patagónicas, humedales en Argentina. Pero pronto se hizo evidente que muchas de esas áreas estaban ecológicamente mutiladas. Décadas (a veces siglos) de caza, ganadería intensiva y presión humana habían reducido o eliminado especies clave.
Y ahí aparece la pregunta decisiva: ¿De qué sirve un parque si le faltan piezas esenciales?
Kristine lo explica así:
“Nuestro trabajo no está terminado hasta que estas áreas estén funcionando en su rol original.” Eso implica restaurar relaciones ecológicas, no solo paisajes. Es completar el puzle para que funcione de manera autónoma.
Uno de los ejemplos más gráficos es el del huemul (Hippocamelus bisulcus), ciervo andino y símbolo nacional de Chile. A principios de los 2000, su población estaba fragmentada y en declive crítico. En el entorno del actual Parque Nacional Patagonia, la especie estaba al borde del colapso local.
Se creó entonces el Centro de Rehabilitación y Reintroducción del Huemul, un espacio científico dedicado a rescatar individuos enfermos o heridos, mejorar condiciones sanitarias, fortalecer poblaciones y reinsertarlas en hábitats seguros.
Hoy existen menos de 2.000 huemules en estado silvestre en todo el mundo, distribuidos entre Chile y Argentina. Cada individuo cuenta. Cada cría que sobrevive amplía el horizonte de la especie. Viven no gracias a un gesto simbólico sino gracias a una cirugía ecológica mayor protagonizada por Rewilding Chile y coordinada a un lado y otro de la Cordillera de Los Andes.
En el norte de Argentina, en Iberá, ocurrió otro experimento desafiante y peligroso: la reintroducción del jaguar. En relación a su tamaño corporal, es el felino con la mordida más potente de todos. Los leones y tigres suelen matar asfixiando, el jaguar perfora. El último en esa región había sido cazado a inicios del siglo XX. Su ausencia alteró el equilibrio completo del ecosistema porque regula poblaciones de herbívoros, que a su vez afectan la vegetación. Su presencia reorganiza el comportamiento de otras especies.
Hoy se han registrado más de 50 jaguares vinculados al proceso de reintroducción. Y cuando el jaguar vuelve, cambia el paisaje sin tocarlo.
Tras años de trabajo, nacieron los primeros cachorros en libertad. Hoy se han registrado más de 50 jaguares vinculados al proceso de reintroducción y monitoreo realizado por Rewilding Argentina. Y cuando el jaguar vuelve, cambia el paisaje sin tocarlo.
El rewilding no trata de sumar animales como si fueran piezas sueltas. Trata de restaurar redes. En Patagonia, la recuperación del puma también tuvo efectos en cascada. El puma controla las poblaciones. Sus presas generan carroña. Y esa carroña alimenta a otro majestuoso animal: el cóndor andino.
El rewilding no trata de sumar animales como si fueran piezas sueltas. Trata de restaurar redes.
Sin depredadores, las cadenas se rompen. Sin carroña, los carroñeros declinan. Y sin equilibrio, el sistema se simplifica. Es lo que los ecólogos llaman “efecto cascada trófica”. Dicho en simple: todo está conectado. Un eslabón es clave para el siguiente. Y así como puede colapsar la cadena, también puede revivir, porque un ecosistema no es una colección de especies, es una conversación constante entre ellas.
El contexto global vuelve esta discusión urgente. Desde 1970, las poblaciones de vertebrados silvestres han disminuido dramáticamente a nivel mundial. Cada año se pierden millones de hectáreas de hábitat natural. Cada año, el mapa de lo salvaje se reduce.
Un parque aislado puede volverse una isla genética. Y las islas, en tiempos de cambio climático, son frágiles.
Por eso hay que pensar que al hacer rewilding la motivación no es el sentimiento de nostalgia por un pasado idealizado. El objetivo es más bien lo contrario: trazar una estrategia para el futuro.
Kristine Tompkins lo plantea en términos proporcionales: si la degradación se acelera, la restauración también debe hacerlo. Primero fueron los parques. Luego, las especies. Hoy, los corredores.
Porque un parque aislado puede volverse una isla genética. Y las islas, en tiempos de cambio climático, son frágiles.
La meta final del rewilding no es mantener un ecosistema en terapia intensiva perpetua. Es devolverle autonomía. Se sabe que el sistema vuelve a respirar cuando una población es viable por sí misma; cuando las relaciones tróficas se restablecen; y cuando la intervención humana puede disminuir.
La meta final del rewilding no es mantener un ecosistema en terapia intensiva perpetua, sino devolverle autonomía lo antes posible.
"Rewilding" no busca congelar la naturaleza en una imagen estática. Su objetivo es permitir que vuelva a cambiar por sí sola.
En el fondo se trata de un acto de humildad. Reconocer que el ser humano alteró sistemas complejos y que, en ciertos casos, debe intervenir nuevamente pero esta vez para restaurar, no para explotar. Nos hemos empeñado tanto en dominar la naturaleza, en domesticarla, que ahora nos toca asalvajarla.
El ejercicio que nos toca es aceptar que proteger no basta. Que la belleza no es suficiente.
Que un bosque sin animales es silencio incompleto. Y que devolver la vida no es un gesto romántico, sino una estrategia ecológica robusta.
En un mundo donde lo salvaje retrocede, asilvestrar no es radicalismo, sino más bien responsabilidad. Porque cuando la vida vuelve, no vuelve sola. Vuelve el equilibrio y la resiliencia. Y con esos dos atributos en un ecosistema, hay esperanza de futuro.
Amaro Gómez-Pablos es periodista y comunicador con una trayectoria internacional que abarca más de tres décadas. Fue corresponsal de guerra y conductor de televisión, reconocido con el Premio Rey de España de Periodismo y el Premio Gabriel García Márquez por su labor informativa en escenarios de conflicto y derechos humanos.