A más de 3500 metros de altura, en la cordillera de los Andes, las cámaras trampa pueden pasar semanas sin registrar movimiento. En esos paisajes, donde casi todo parece inmóvil, el gato andino (Leopardus jacobita) aparece solo por unos instantes.
Se estima que quedan poco más de 1.300 de estos felinos silvestres en Perú, Bolivia, Chile y Argentina. La cifra es baja y, al mismo tiempo, incierta. El “fantasma de los Andes”, uno de los felinos más amenazados de América del Sur, sigue siendo difícil de estudiar y, por tanto, de proteger. Este pequeño depredador habita en paisajes áridos, con temperaturas extremas y una vegetación escasa.
Se estima que quedan poco más de 1.300 de estos felinos silvestres en la cordillera de los Andes de Perú, Bolivia, Chile y Argentina.
Desde hace más de dos décadas, la Alianza Gato Andino reúne a investigadores y conservacionistas de los cuatro países andinos para estudiar y proteger a esta especie en peligro de extinción en el continente americano.
¿Qué voy a leer?
Según una investigación de Mongabay, los primeros registros documentados del gato andino en Perú datan de 1957, en Arequipa, y 1969, en Puno. Sin embargo, su presencia en el territorio es mucho más antigua.
Mucho antes de aparecer en artículos científicos, el gato andino ya tenía un lugar para las culturas andinas. Históricamente, fue un animal sagrado, asociado a la fertilidad, la abundancia y los espíritus de las montañas.
Su figura aparece en petroglifos y su piel se utilizó en rituales, adornada con hojas de coca, maíz y fibras de colores, para dar inicio a la temporada de siembra y cosecha. Algunas de estas prácticas persisten hasta ahora, especialmente en ceremonias agrícolas.
Esa relación ancestral convive con nuevas amenazas y con esfuerzos por recuperar su valor dentro de las comunidades que habitan su territorio.
El gato andino ha evolucionado en uno de los entornos más extremos de la cordillera andina. La aridez, las temperaturas extremas y la escasa vegetación definen estos paisajes de altura.
Este felino andino se mueve cerca de fuentes de agua y parches rocosos que sirven de refugio para sus presas, especialmente la vizcacha de montaña, también conocida como chinchillón (Lagidium spp.), que constituye la base de su dieta.
La expansión de la minería, la extracción de agua y la degradación de humedales altoandinos están transformando rápidamente estos ecosistemas, reduciendo los hábitats para esta especie.
Además, el gato andino, que pesa unos seis kilogramos, necesita grandes extensiones para sobrevivir. El territorio de un solo macho puede abarcar entre 35 y 45 kilómetros cuadrados, en parte porque no encuentra suficiente alimento en áreas pequeñas.
Pero ese equilibrio es frágil. La expansión de la minería, la extracción de agua y la degradación de humedales altoandinos están transformando rápidamente estos ecosistemas, reduciendo los hábitats para esta especie. A esto se suma un riesgo menos visible: los perros pastores. En muchos casos se desplazan sin supervisión, atacan al gato andino y pueden transmitir enfermedades potencialmente mortales.
Desde hace más de 25 años, la Alianza Gato Andino articula el trabajo de científicos y organizaciones en los cuatro países donde habita la especie. En esta red participan investigadores, áreas naturales protegidas y comunidades locales que contribuyen directamente a su monitoreo en campo y otras acciones para proteger a este gato silvestre.
Uno de sus programas más conocidos es “En el campo 24/7”, con el que recopilan información sobre el felino a lo largo de su distribución. El monitoreo se basa principalmente en cámaras trampa y en el análisis genético de muestras recogidas en campo. Ambos métodos permiten reducir los vacíos de información sobre su distribución y entender mejor las amenazas que enfrenta, incluyendo la transmisión de enfermedades desde animales domésticos.
Desde hace más de 25 años, investigadores y comunidades locales trabajan juntos para proteger a una de las especies más esquivas de los Andes.
Más concretamente, las cámaras trampa permiten obtener imágenes y datos sobre su comportamiento sin intervenir en su entorno. Este material ha ayudado a visibilizar a la especie y las presiones que enfrenta. En algunas de estas imágenes, el gato aparece apenas unos segundos, cruzando entre rocas, lo suficiente para confirmar que sigue allí.
La Alianza Gato Andino también desarrolla programas de educación, dirigidos a estudiantes hasta personal técnico. En distintas comunidades, estos programas buscan generar conciencia sobre el valor del gato andino y del ecosistema en el que habita.
A pesar de estos esfuerzos, el gato andino aún es una especie difícil de proteger en América del Sur. Cada nuevo registro confirma su presencia, pero también lo vulnerable que es su futuro. En las alturas de los Andes, donde casi nadie lo ve, su supervivencia depende de algo más que la ciencia, de que los ecosistemas que lo sostienen y las comunidades que los habitan logren resistir las presiones que avanzan más rápido que el conocimiento sobre esta especie.