Así ha evolucionado el negacionismo climático

Aunque el consenso científico sobre el cambio climático es abrumador, las narrativas negacionistas persisten y evolucionan. De la negación más rotunda se ha pasado a discursos más sutiles que minimizan los riesgos, retrasan las soluciones o fomentan la inacción colectiva.

«Dos grados no son para tanto». Con esta frase, José María Baldasano condensa una de las formas más extendidas y problemáticas del negacionismo climático contemporáneo: no la negación frontal del cambio climático, sino su minimización. Este negacionismo sutil «se disfraza de escepticismo razonable» pero es, en realidad, «una forma peligrosa de inacción». Sin embargo, como recuerda la ciencia climática y los informes del IPCC, un aumento de 2 °C en la temperatura media global no es un detalle menor, sino un punto de inflexión que multiplica los riesgos de fenómenos extremos, crisis alimentarias, desplazamientos humanos y daños irreversibles en ecosistemas y ciudades costeras. 

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

La alteración de los sistemas naturales como el clima, la biodiversidad y los ciclos biogeoquímicos como consecuencia de la actividad humana es innegable. Y este fenómeno ha sido respaldado, una y otra vez, por organismos e instituciones como la NASA o el IPCC. Pese a estas evidencias, el negacionismo ha seguido expandiéndose y evolucionando desde la negación rotunda del fenómeno hasta formas más sofisticadas como el retardismo, pasando por narrativas derrotistas e incluso por teorías conspirativas recientes.

 

El negacionismo no es lo mismo que la anticiencia –donde se situarían otras posturas como el terraplanismo– ni que la pseudociencia, que agrupa disciplinas o teorías que pretenden ser científicas sin cumplir los criterios del método científico. En este sentido, Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia, define el negacionismo como el «rechazo del consenso científico con argumentos ajenos a la propia ciencia». Entre los negacionismos más extendidos se encuentran los relacionados con el cambio climático.

Antonio Diéguez define el negacionismo como el «rechazo del consenso científico con argumentos ajenos a la propia ciencia».

¿Pero cuándo empezó todo esto? Según un estudio de los sociólogos Peter J. Jacques y Riley E. Dunlap publicado en la revista PLOS One, la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo de Río de Janeiro en 1992 marca un punto de inflexión. Este trabajo, que analiza más de un centenar de libros negacionistas con el objetivo de comprender las bases profundas de esta corriente, señala que el rechazo a la ciencia climática no se basa únicamente en desacuerdos sobre ciencia, sino en una ideología más profunda. Así, el negacionismo climático se sustenta, por un lado, en un fuerte antiambientalismo y, por otro, en una deslegitimación sistemática de la ciencia que analiza los impactos del modelo industrial.

 

Este enfoque presenta al ambientalismo y a la ciencia climática como amenazas a la libertad, al progreso y al modo de vida occidental. En la misma línea, Naomi Oreskes afirma que, a pesar de la evidencia científica, «hay sectores que continúan alimentando narrativas falsas o minimizando el problema». Profesora en la Universidad de Harvard y una de las principales investigadoras sobre el negacionismo climático, Oreskes ha documentado cómo la duda no surge de manera espontánea, sino que ha sido construida deliberadamente. 

Con el paso del tiempo, es cada vez más difícil negar el cambio climático porque los impactos son visibles: olas de calor intensas, incendios, sequías prolongadas, inundaciones más frecuentes. Por eso, también se ha ido transformando el negacionismo. Ya no se trata tanto de negar el fenómeno como de retrasar la acción. Muchas empresas y gobiernos están adoptando una postura retardista. Aunque no niegan que el cambio climático exista y que es causado por la actividad humana, obstaculizan las medidas y los acuerdos multilaterales. Esta narrativa suele apelar a la incertidumbre, a la necesidad de más estudios o a la confianza en futuras soluciones para justificar la inacción presente. 

 

Junto al retardismo ha emergido otra narrativa que también es muy problemática: el derrotismo climático. Frente al «no pasa nada» o al «ya lo solucionaremos», las posturas derrotistas o fatalistas sostienen que ya es demasiado tarde para actuar y que cualquier esfuerzo por mitigar el cambio climático sería inútil. Aunque la postura parezca opuesta al negacionismo, sus efectos son similares. Al transmitir una sensación de inevitabilidad y colapso, este discurso fomenta la parálisis social y desmoviliza a la ciudadanía. 

En los últimos años, además, el negacionismo climático ha incorporado elementos conspirativos. El cambio climático se presenta como un pretexto para imponer controles sociales, limitar libertades o beneficiar a supuestas élites. Conceptos como la Agenda 2030 o la transición energética se reinterpretan como amenazas, no como respuestas a una crisis global. Las redes sociales están actuando como amplificadores de estos mensajes simplistas que juegan con emociones y se aprovechan del descontento social que pueda existir por otros motivos.

 

Las consecuencias de esta evolución del negacionismo son graves. Por ejemplo, también el estudio de Peter J. Jacques y Riley E. Dunlap reflexiona sobre la distorsión que existe entre la opinión pública y el consenso científico. A pesar de que más del 99% de la comunidad científica coincide en que la temperatura de la Tierra está subiendo debido a las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por el ser humano y que este calentamiento tiene graves repercusiones negativas, una encuesta reveló que solo algo más de la mitad (53%) de la población estadounidense considera que la mayoría de la comunidad científica cree que el calentamiento global es una realidad, mientras que una cuarta parte (25%) piensa que hay mucho desacuerdo en la ciencia sobre si se está produciendo. 

El negacionismo presenta el cambio climático como un pretexto para imponer controles sociales, limitar libertades o beneficiar a supuestas élites.

Esta confusión deliberada erosiona la confianza en la ciencia y en las instituciones, fragmenta el consenso social y retrasa decisiones políticas clave. Cada año de inacción aumenta los costes económicos, sociales y ambientales de la transición y reduce el margen para evitar los escenarios más graves. Identificar las distintas formas que adopta hoy el negacionismo climático es esencial para neutralizarlas. 

En una conferencia organizada por la Universidad de La Rioja, José Miguel Viñas, divulgador científico y meteorólogo español, sostiene que una de las claves para combatir el negacionismo climático pasa por mejorar la comunicación científica, ya que esta no siempre consigue transmitir sus mensajes de una forma clara y accesible para el público general, mientras que quienes difunden bulos suelen hacerlo con gran eficacia.

 

Viñas también advierte de que no basta con «rebatir»: desmontar un bulo requiere tiempo y matices, mientras que lanzarlo es inmediato, una desventaja que se intensifica en redes sociales. Por eso considera arriesgado plantear un debate cara a cara con una persona negacionista —porque puede situarla al mismo nivel ante el público— y defiende poner el foco en explicar con claridad, evitar enfoques que generen desconexión (como presentar el problema como algo lejano) y contribuir, «cada uno desde su responsabilidad», a que las voces negacionistas tengan menos visibilidad, especialmente en el entorno digital.

Inma Mora Sánchez es periodista y experta en estudios interdisciplinares de género. Con una trayectoria profesional vinculada al tercer sector y la comunicación con impacto social, ha participado en diferentes proyectos de desarrollo rural, prevención de la violencia de género y promoción de los derechos humanos. Fue responsable de comunicación en HelpAge Espana. Actualmente, trabaja como periodista freelance y como consultora de comunicacion y genero, escribe en Ethic y colabora con la Universidad Viña del Mar o APCGénero.