Los árboles son fantásticas infraestructuras climáticas para las ciudades, bien que lo sabemos en días de temperaturas insoportables, cuando los buscamos cual oasis en el desierto. Refrescan el entorno haciéndolo muy agradable, reducen el efecto de las islas de calor y capturan carbono.
Pero no todos los árboles valen. Tampoco existen “árboles urbanos” como tales; siempre son especies que hemos seleccionado y cultivado para adaptarlas a la dura vida de nuestras calles, plazas y parques, aunque en origen procedan de bosques lejanos. Tampoco su uso es algo universal.
Cada ciudad elige aquellas especies que mejor se adaptan a su clima, al suelo, al espacio disponible, a las condiciones concretas de cada lugar e incluso a su propia tradición paisajística. Mejor dicho, elegía. Porque todo esto está cambiando. Ahora hay que pensar en un futuro cambiante e incierto, en el clima que habrá dentro de unos años, cuando su sombra sea más necesaria que nunca.
¿Qué árboles queremos que haya en nuestras calles dentro de treinta años? ¿Podrán sobrevivir cuando alcancen su madurez, dentro de varias décadas? Porque si el clima está cambiando a toda velocidad, seguir plantando una especie únicamente porque ha funcionado bien hasta ahora puede significar elegir hoy el árbol equivocado para el verano de 2050.
¿Qué voy a leer en este artículo?
Los árboles jóvenes tienen copas pequeñas y sistemas radiculares todavía limitados, por lo que su capacidad para reducir el estrés térmico de las calles es mucho menor que la de un ejemplar fuerte y desarrollado. Un estudio sobre 149 especies de árboles urbanos en 17 ciudades de Estados Unidos analizó cómo la edad influye en su capacidad para proporcionar sombra. Los resultados mostraron que la densidad de la copa aumenta con la edad, cuando los árboles alcanzan aproximadamente 20 años o 30 cm de diámetro. La eficacia de su sombra también varía según la especie y la región donde crezca.
El árbol que se plante ahora debe ser capaz de sobrevivir al clima de 2050, pero también debe crecer bien y a tiempo hasta alcanzar un tamaño suficiente que garanticen los servicios ambientales que se esperan de él. Y esos servicios son mucho más importantes de lo que puede sugerir la imagen siempre bella de contar con una calle arbolada. La copa intercepta la radiación solar, proporciona sombra y, mediante la evapotranspiración, contribuye a refrigerar el entorno, pero no se puede generalizar. Lo confirmó un metaanálisis mundial de 182 estudios realizados en 110 ciudades y regiones, demostrando que el efecto refrigerante de los árboles depende de la especie seleccionada, la estructura de la copa, el clima y la configuración urbana.
El reto no consiste solo en plantar más árboles, sino en elegir acertadamente las especies que puedan sobrevivir a un clima tan duro que aún está por llegar.
A todo ello se suman las condiciones especialmente duras de las ciudades. Los árboles urbanos suelen crecer en suelos pobres y compactados, disponen de poco espacio para desarrollar sus raíces y deben soportar la falta de agua, el calor acumulado por el pavimento, la contaminación y, en ocasiones, podas excesivas. Por eso el reto no consiste solo en plantar más árboles, sino en elegir acertadamente las especies que puedan sobrevivir a un clima tan duro que aún está por llegar.
Durante décadas, las ciudades han recurrido a un grupo relativamente reducido de especies de árboles como infraestructura verde. El plátano de sombra, tilos, olmos, arces, aligustres, ficus, palmeras, chopos o castaños de Indias forman parte del paisaje histórico de numerosas ciudades europeas. Pero esa elección de especies ha comenzado a cambiar a medida que aumentan las temperaturas y la irregularidad de las precipitaciones, pues empiezan a encontrarse cada vez con mayores dificultades para prosperar y darnos sombra.
Así lo confirma un amplio estudio publicado en Nature Climate Change, donde se analizaron 3.129 especies de árboles y arbustos presentes en 164 ciudades de 78 países. La investigación concluyó que más de la mitad de las especies estudiadas ya están expuestas a condiciones climáticas muy desfavorables para las que no están adaptadas. Y advierten que el problema se agravará con el avance del calentamiento, especialmente por el aumento de las temperaturas, la falta de riego y la disminución de lluvias.
Eso no significa que el plátano o el tilo vayan a desaparecer de las calles. Sería una conclusión demasiado simple. Significa que una especie que funciona en una determinada ciudad, con un determinado suelo, disponibilidad de agua y exposición solar, puede no ser la mejor elección para esos mismos lugares dentro de unas décadas.
Una ciudad futura puede tener simultáneamente más sequías y episodios de lluvia intensa, de manera que los árboles tendrán que estar preparados para poder soportar tanto la falta de agua como su exceso puntual.
Londres ofrece un buen ejemplo de este cambio de paradigma. La London Assembly advirtió el año pasado de que cuatro de las diez especies de árboles de calle más comunes de la capital presentan en la actualidad una baja tolerancia a la sequía, mientras que seis son poco tolerantes al encharcamiento. Parece una contradicción, pero una ciudad futura puede tener simultáneamente más sequías y episodios de lluvia intensa, de manera que los árboles tendrán que estar preparados para poder soportar tanto la falta de agua como su exceso puntual.
En Europa, un estudio sobre 22 ciudades y alrededor de 1,2 millones de árboles pertenecientes a 188 especies ha calculado precisamente esas denominadas “brechas de seguridad” térmicas e hídricas para 2050 y 2070. Sus resultados muestran que la vulnerabilidad será muy desigual según la ciudad, el clima y la especie. En las zonas mediterráneas, por ejemplo, una parte importante del carbono almacenado por los árboles podría verse seriamente amenazada hacia 2070 debido al aumento de las temperaturas y, en menor medida, por cambios en las precipitaciones. El estudio subraya la necesidad de seleccionar y plantar con rapidez especies más resistentes para mantener los servicios ecosistémicos del arbolado urbano.
La ciudad de Madrid constituye uno de los ejemplos más claros de cómo esta transición arbórea se está generalizando en la gestión del arbolado municipal. El Ayuntamiento prevé plantar este año 12.639 árboles, un proyecto que establece expresamente la diversidad de especies como una de las herramientas para asegurar el patrimonio vegetal de la ciudad. La elección se realiza teniendo en cuenta el espacio disponible, el comportamiento de las alineaciones existentes y la adaptación demostrada de las especies a las condiciones urbanas madrileñas, además de su resistencia a plagas, sequías y altas temperaturas.
La llegada de las nuevas especies está convirtiendo poco a poco a la capital de España en un variado arboretum. Junto a especies tradicionales como plátanos (Platanus x hybrida), ganan peso árboles mediterráneos como el almez (Celtis australis), la encina (Quercus ilex) o el roble pubescense (Quercus pubescens), pero también otros tan floridos como el vistoso árbol de Judas (Cercis siliquastrum), el jabonero de China (Koelreuteria paniculata), la acacia de tres espinas (Gleditsia triacanthos), el árbol de hierro (Parrotia persica) o el carpe negro (Ostrya carpinifolia), propio del sur este europeo y muy resistente que se adapta a los suelos pobres. El propio Ayuntamiento señala que algunas alineaciones de olmo de Siberia (Ulmus pumila), el sustituto del tradicional olmo ibérico, están siendo ahora sustituidas por almeces. Y que determinadas alineaciones de sóforas (Sophora japonica) están dando paso al cinamono (Melia azedarach), un árbol originario del Himalaya de dura madera que desde antiguo se ha cultivado en la Península con fines ornamentales.
El caso madrileño muestra además algo fundamental, que la especie no puede separarse del lugar. En zonas verdes, donde existe más espacio, se favorecen árboles de porte mediano o grande, capaces de proporcionar copas importantes y de conformar un bosque urbano más resiliente a los cambios climáticos. En cambio, en una calle estrecha las restricciones de raíces, edificios, tráfico, cables o paso de peatones pueden hacer inviable un árbol que crezca solitario y demasiado alto, desarrolle muchas ramas o extienda una gran superficie radicular.
París está haciendo algo parecido a lo que ya hace Madrid. La capital francesa ha elaborado una completa guía de especies específicamente destinada a ayudar a seleccionar árboles teniendo en cuenta el clima futuro, el suelo, el espacio disponible, la biodiversidad y los problemas fitosanitarios. El catálogo destaca las que ya denomina “especies de futuro”, cuya utilización se estudia para anticiparse a las condiciones climáticas que tendrá la ciudad.
Entre las que París considera particularmente interesantes frente al aumento de los episodios de calor aparecen árboles como el almez (Celtis australis), el avellano mediterráneo (Corylus colurna), determinados perales ornamentales, el árbol del paraíso (Elaeagnus angustifolia) y la encina (Quercus ilex). También se están plantando fresnos rojos americanos y acacias de tres espinas (Gleditsia triacanthos) dada su buena adaptación al medio urbano y su resistencia al calentamiento y a determinadas enfermedades.
En Valencia, donde el problema de calor y sequía es todavía más evidente, el Ayuntamiento está haciendo una serie de pequeñas plantaciones con especies procedentes de regiones cálidas de África, Sudamérica y Australia, entre ellas tulipanes africanos (Spathodea campanulata), hibiscos, pimenteros de Brasil (Schinus terebinthifolius), árboles del fuego (Brachychiton acerifolius) o ciruelos cafre (Harpephyllum caffrum). La propia administración las presenta como introducciones experimentales, precisamente porque quiere comprobar primero su comportamiento y capacidad de adaptación.
Todos los expertos coinciden en que el futuro del arbolado urbano no consiste en sustituir masivamente especies autóctonas por exóticas, ni mucho menos. Los árboles no nativos pueden aportar tolerancia frente a determinados factores climáticos, pero también pueden ser vía de entrada a nuevas enfermedades o provocar graves impactos ecológicos si se comportan como especies invasoras. Por eso hay que elegir con sumo cuidado.
La diversificación reduce ese riesgo y, al mismo tiempo, permite combinar árboles con diferentes respuestas al calor, la sequía, las inundaciones o las tormentas.
La biodiversidad es también algo muy importante. Una ciudad formada por grandes alineaciones de una sola especie puede sufrir una pérdida masiva cuando aparece una plaga o una enfermedad. La diversificación reduce ese riesgo y, al mismo tiempo, permite combinar árboles con diferentes respuestas al calor, la sequía, las inundaciones o las tormentas. Forest Research, el organismo británico de investigación forestal, recomienda diversificar especies y estudiar su respuesta conjunta frente al calor, sequía, encharcamiento y necesidades de riego al seleccionar árboles para las ciudades.
La urgencia de elegir bien los árboles urbanos del futuro no es solamente botánica, nos va en ello la salud.
Las ciudades acumulan calor porque el asfalto, el hormigón y otros materiales absorben radiación y porque la vegetación y el agua son insuficientes para compensarlo. El resultado es el conocido efecto de “isla de calor” urbana. La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte que la elevada proporción de superficies construidas e impermeables incrementa las temperaturas urbanas, por lo que aumentar los espacios verdes es una de las mejores y más sencillas herramientas de adaptación climática.
La famosa regla 3-30-300 va en este sentido, pues resume de forma muy visual cómo debería ser una ciudad preparada para el futuro. Propone que cada persona pueda ver al menos tres árboles desde su vivienda o lugar de trabajo, que cada barrio alcance al menos un 30 % de cobertura de copa arbórea y que exista un espacio verde de calidad a menos de 300 metros de cada domicilio. En un contexto de calentamiento global, contar con árboles suficientes y bien situados será cada vez más importante para proporcionar sombra, reducir las temperaturas, mejorar la calidad del aire, aumentar el bienestar y hacer las ciudades más habitables. Para conseguirlo, no basta con plantar mucho y rápido, sino que hay que plantar hoy árboles capaces de llegar vivos y con grandes copas al clima de 2050.
Los beneficios potenciales son especialmente importantes en las ciudades del sur y el este de Europa, donde las temperaturas estivales son más elevadas y la cobertura arbórea tiende a ser menor.
Una investigación publicada en The Lancet y analizada por Climate-ADAPT estimó que elevar la cobertura arbórea hasta el 30% en 93 ciudades europeas podría reducir la temperatura media urbana alrededor de 0,4 °C y evitar más de un tercio de las muertes atribuibles al efecto de isla de calor. Los beneficios potenciales son especialmente importantes en las ciudades del sur y el este de Europa, donde las temperaturas estivales son más elevadas y, paradójicamente, la cobertura arbórea tiende a ser menor.
Otra paradoja es que a medida que aumentan nuestras necesidades de árboles para enfriar las ciudades, las condiciones se están volviendo más difíciles para garantizar su subsistencia, haciendo que las ciudades sean todavía más vulnerables a los efectos del calor extremo.
El objetivo final, por tanto, no es solo plantar más árboles, sino planificar desde ahora el arbolado que necesitarán las ciudades dentro de treinta años. Elegir bien las especies, darles espacio para crecer y garantizarles unas condiciones de vida adecuadas; mimarlas. Será una sombra nueva, es verdad, pero útil, sana y, por supuesto, muy hermosa.
César Javier Palacios es periodista ambiental, geógrafo, naturalista y doctor en Historia del Arte. Tras una larga carrera profesional como redactor jefe en Diario 16 Burgos, más tarde en el diario Claro, pasó a colaborar con El País y El País Semanal hasta que se fue a vivir a Fuerteventura, donde fue redactor del periódico Canarias7 y la Agencia EFE. Ha trabajado para la Estación Biológica de Doñana (CSIC), SEO/BirdLife, Global Nature, Cabildo de Fuerteventura, los parques nacionales de Garajonay y Timanfaya y las Reservas de la Biosfera de Lanzarote, La Gomera y La Palma. También ha sido director de Comunicación de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente y de FSC España. Presenta en La2 de TVE el programa de naturaleza y cocina El Señor de los Bosques. Columnista en el diario 20 Minutos y bloguero de La Crónica Verde, colabora con RNE, Radio5 y en el verano de 2024 estrenó programa propio en Radio Clásica, "Músicas a vuelapluma". Puedes leer más acerca de él en su página de Wikipedia.