Ciudades frías, el nuevo frente vulnerable ante el calor extremo

Los edificios y las ciudades que durante generaciones aprendieron a conservar el calor se enfrentan ahora a un reto para el que nadie los diseñó: expulsarlo. Será otro de los grandes ejes de la resiliencia urbana.

Luchar contra el calor nunca ha sido fácil. No es casualidad que en los climas húmedos y calurosos las viviendas tradicionales tiendan a ser ligeras, fáciles de ventilar y protegidas del sol. En los climas calurosos y secos la respuesta fue la contraria: muros gruesos de tierra o de piedra que absorben el calor durante el día y lo van soltando cuando llega la noche. En las ciudades del desierto de Persia, además, se levantaban torres de viento que atrapaban la brisa de las alturas y la hacían descender hasta las estancias, a veces pasándola antes sobre un estanque. A lo largo del Mediterráneo encontramos calles estrechas y patios sombreados, a veces con una fuente que humedece el aire. Maneras muy prácticas de refrescar el ambiente para soportar el verano. Y a eso se sumaban la siesta en las horas de más calor, la costumbre de buscar la sombra y la de bajar las persianas. Donde no llegaba la arquitectura llegaba la cultura.

 

Con el frío la historia es muy diferente, todo es más fácil. Te abrigas, quemas algo y rápidamente entras en calor. Y si te molesta ir envuelto en una manta, se la pones al edificio: eso es el aislamiento térmico. Ahora imagina por un momento que pudieras hacer lo mismo al revés: una manta que absorbiera tu calor y te refrescara al instante, o un aparato de 30 € que enfriara cualquier habitación igual que una pequeña estufa la calienta. Si el mundo se estuviera enfriando, tendríamos soluciones baratas que repartir por las casas de las zonas cálidas. Pero pasa lo contrario.

 

El cambio climático implica largas olas de calor en zonas donde siempre ha hecho frío, y donde los edificios se construyeron para que el calor entrara con facilidad y no se escapara. El clima está cambiando y muchos edificios necesitan cambiar también como parte de una nueva era de resiliencia urbana.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

Cuando pensamos en Bilbao, en el norte de España, probablemente nos vienen a la cabeza el sirimiri, el paraguas por si acaso y los veranos amables. No pensamos en el calor porque el problema siempre ha sido protegerse del frío y de la humedad.

 

Pero los tiempos han cambiado. En la Torre Bolueta, un edificio de alta eficiencia energética y 88 metros de altura, los residentes pueden llegar a pasar calor incluso durante el mes de mayo. Se terminó de construir en 2018 y fue diseñado para ofrecer confort con un consumo energético muy bajo.

El cambio climático implica largas olas de calor en zonas donde siempre ha hecho frío, y donde los edificios se construyeron para que el calor entrara con facilidad y no se escapara.

El aislamiento ayuda a que la temperatura exterior tarde más en entrar, pero también hace más difícil deshacerse del calor que ya está dentro. El problema es que si no se controla la radiación solar que entra por las ventanas la vivienda no consigue enfriarse. Funciona como un termo: un líquido caliente se mantendrá caliente y un líquido frío se mantendrá frío. Si el calor entra por las ventanas y no tiene por dónde salir, quedará atrapado dentro.

Bolueta es interesante precisamente porque está en Bilbao. En esta zona del país, se han diseñado muchos edificios pensando sobre todo en conservar el calor. Ahora empezamos a descubrir que también tendrán que aprender a perderlo.

Un coche aparcado al sol puede alcanzar una temperatura insoportable incluso en un día que no parece especialmente caluroso. La luz atraviesa los vidrios y calienta todo lo que encuentra dentro. A partir de ahí, sacar ese calor vuelve a ser mucho más difícil.

 

En una vivienda puede ocurrir algo parecido. Las ventanas dejan entrar la radiación solar y, una vez que paredes, suelos y muebles se han calentado, el aislante térmico de la envolvente dificulta la pérdida de calor.

El diseño de este edificio tiene la lógica que ha imperado en climas fríos: abrir la casa al sol y aprovechar durante el invierno toda la energía posible.

 

El problema es que en verano el sol continúa entrando por las mismas ventanas, pero ahora ese calor ya no hace ninguna falta. 

Durante mucho tiempo, una parte del calor acumulado durante el día podía eliminarse de noche. Se abrían las ventanas cuando refrescaba y se volvían a cerrar por la mañana. Es una estrategia sencilla, pero para que funcione tiene que hacer más fresco fuera que dentro durante algunas horas, normalmente por la noche. Y eso ocurre cada vez durante menos horas.

 

Un estudio publicado este año en Communications Earth & Environment analizó con datos de satélite cómo ha cambiado la temperatura superficial de más de 1.400 ciudades durante las últimas dos décadas. Algunos de los cambios más rápidos aparecen precisamente en ciudades de climas tradicionalmente fríos.

Algunos de los cambios aparecen en ciudades de climas tradicionalmente fríos. […] Tallin, Varsovia u Oslo durante mucho tiempo apenas tuvieron que pensar en cómo protegerse del calor.

Tallin, Varsovia u Oslo son ciudades que durante mucho tiempo apenas tuvieron que pensar en cómo protegerse del calor. Además, por la noche la propia ciudad tarda en enfriarse. El asfalto, el hormigón y la escasez de vegetación han acumulado energía durante todo el día y la van liberando poco a poco. Es la llamada isla de calor urbana, y puede mantener el centro de una ciudad varios grados por encima de su entorno.

Cuanto más cálida es la noche, menos tiempo nos queda para refrescar, abrir las ventanas y vaciar de calor el edificio antes de que vuelva a empezar el día.

En buena parte del Mediterráneo hay una forma de convivir con el calor que es cultural. La persiana se baja antes de que el sol llegue a la ventana. Por la noche se abre la casa y durante las horas más calurosas se vuelve a cerrar. La sombra se busca de manera casi automática. Pero lo que es evidente en Alicante no lo es tanto en Oslo.

 

Esto importa especialmente en los edificios de altas prestaciones. Cuanto más eficiente es un edificio, más importante resulta entender cómo funciona. El caso de Bilbao podría llevar a pensar que el problema es haber aislado demasiado el edificio, pero el aislante no es el enemigo. De hecho, puede ser nuestro mayor aliado. Cuando fuera hay 35 o 37 grados, interesa precisamente que ese calor tarde todo lo posible en atravesar la envolvente.

 

Hay viviendas construidas con niveles de eficiencia igualmente exigentes en climas mucho más cálidos que funcionan bien durante el verano. La diferencia es que tienen protección solar por delante del vidrio, permiten la ventilación cruzada y, normalmente, aire acondicionado para los días extremos.

El reto principal no está en los edificios que construiremos a partir de ahora, sino en todas las infraestructuras que ya están en pie. Los bloques de Oslo, Montreal, Berlín o Bilbao seguirán ahí dentro de 30 años, aunque cambie el clima para el que fueron pensados.

 

Habrá que intervenir sobre el parque ya construido, y no siempre será necesario hacerlo de la misma manera. En algunos casos bastará con colocar protección solar por el exterior. En otros habrá que mejorar la ventilación, actuar sobre las cubiertas o introducir vegetación. 

Gran parte del trabajo de planificación urbana tendrá que hacerse fuera del propio edificio: árboles que den sombra, espacios públicos menos duros, superficies que acumulen menos calor…

Y gran parte del trabajo de planificación urbana tendrá que hacerse fuera del propio edificio: árboles que den sombra, espacios públicos menos duros, agua, superficies que acumulen menos calor o incluso redes de frío en los lugares donde tengan sentido.

 

No hace falta imaginar una única gran transformación para afrontar estos riesgos. La adaptación del parque construido ocurrirá probablemente a base de muchas actuaciones distintas, algunas muy pequeñas, repartidas durante años entre edificios, calles y barrios a fin de mitigar su vulnerabilidad.

 

Durante mucho tiempo, buena parte de la rehabilitación energética se ha ocupado de reducir las pérdidas de calor en invierno para mejorar el confort térmico. Eso seguirá siendo necesario, pero también habrá que conseguir que las viviendas reciban menos calor en verano y puedan expulsarlo cuando lo necesiten.

 

Y hay una dificultad añadida: podemos rehabilitar un edificio una vez y esperar que la intervención dure décadas, mientras que el clima seguirá cambiando durante todo ese tiempo. Por eso quizá convenga empezar a pensar los edificios no solo para las condiciones que conocemos hoy, sino dejando margen para las que tendrán que soportar mañana. El edificio seguirá allí, y habrá personas que querrán vivir bien en él.

 

Fuentes:

Jordi Martí es arquitecto técnico y divulgador especializado en arquitectura, construcción, sostenibilidad y tecnología. Cuenta con 20 años de experiencia en el sector, ha ejercido como docente en la EPSEB-UPC y durante más de diez años fue responsable de contenidos de la Agenda de la Construcción Sostenible.